Hombre trabajando con un portátil en una obra de reforma en Palma de Mallorca, con la catedral al fondo.

A los cincuenta y todavía aprendiendo

La inteligencia artificial ha cambiado mi manera de aprender. A los cincuenta sigo metiéndome en proyectos nuevos, pero el verdadero reto ya no es aprender más: es elegir mejor qué merece mi tiempo.

Aprender a los cincuenta ha cambiado radicalmente para mí en los últimos años.

Antes, cuando necesitaba mejorar en algún aspecto de mi trabajo o de mi vida personal, lo normal habría sido buscar un curso. Curso de gestión de micropymes. Curso de informática. Curso de esto o de aquello. Localizarlo, matricularme, seguir un temario diseñado por otra persona y esperar que, entre todo aquello, estuviera precisamente lo que yo necesitaba.

Ahora funciona de otra manera.

Tengo un problema o una necesidad y lo primero que pienso es cómo puedo resolverla de la mejor manera posible utilizando inteligencia artificial.

Si quiero mejorar cómo generamos los partes diarios de trabajo en mi empresa, me pongo con ChatGPT a revisar el proceso para mejorarlo. Ya vendrá después el momento de implantarlo de la mejor manera posible en el día a día del equipo.

Si quiero optimizar uno de mis ordenadores con Windows 10 y reforzar sobre todo su seguridad, hago lo mismo.

Si voy a viajar tres días a una ciudad que no conozco, puedo buscar restaurantes a veinte minutos andando del apartamento que hemos alquilado, especializados exactamente en el tipo de comida que nos gusta y cuya puntuación media en las reseñas de los últimos tres meses sea igual o superior a 4,5.

Y así con casi todo.

No busco tanto un curso como la solución al problema que tengo delante.

Aprendo sobre la marcha y en pequeños nichos de conocimiento que necesito justo en ese momento.

Y esto, para alguien curioso, es bastante alucinante.

La IA no me ha hecho curioso

Hay algo que conviene aclarar.

La inteligencia artificial no me ha convertido de repente en una persona con ganas de aprender.

Eso ya venía de antes.

En 2001 estudiaba Informática de Gestión en la UOC, una de aquellas universidades que entonces parecían estar inventando una forma completamente nueva de estudiar. Hacía cursos online de estadística descriptiva e inferencial, estudiaba inglés con libros y casetes del BBC English y trabajaba en el laboratorio de datos de la Facultad de Turismo de la Universitat de les Illes Balears. Por cierto: descansa en paz, Eugeni. Allá donde estés.

También trabajé durante once años con sistemas de información de actividad asistencial sanitaria.

Los datos, la informática y el aprendizaje autodidacta ya estaban allí.

Lo que ha ocurrido veinticinco años después es que ha aparecido una herramienta que multiplica brutalmente aquella forma de ser.

El Mario de 2001 reconocería perfectamente al de 2026.

Probablemente lo que no entendería es cómo demonios tiene ahora su propia empresa y puede ponerse a diseñar o a ejecutar, prácticamente desde el sofá, desde la silla de su oficina o a pie de obra, cosas que entonces habrían requerido meses de trabajo.

Cosas que antes ni me habría planteado

Uno de los mejores ejemplos es un proyecto personal que tengo entre manos: un cortometraje de unos diez minutos basado en un guion propio.

Conceptualmente sé qué es un guion cinematográfico. Sé más o menos qué es un guion técnico. Un storyboard. Una planificación de escenas.

Pero de ahí a ser capaz de generar todos esos elementos, diseñar personajes, trabajar las secuencias y acabar filmando mi propio cortometraje había una distancia enorme.

Ahora no me parece imposible.

Difícil, sí.

Pero no imposible.

Y esa diferencia es importante.

La IA ha reducido mucho mi miedo a meterme en tareas técnicas o proyectos para los que no tengo una formación específica. En lugar de pensar «yo no sé hacer esto», cada vez pienso más:

Vamos a ver cómo se hace.

Y empiezo.

Unas veces sale bien. Otras hay que volver atrás. Otras descubres que aquello era bastante más complicado de lo que parecía.

Pero ya estás dentro.

De un informe a un pequeño sistema de Business Intelligence

Otro ejemplo empezó de una manera casi absurda.

Queríamos mejorar unos informes de nuestra empresa a partir de los datos que tenemos en nuestro ERP de gestión, pensado para micropymes y que implantamos gracias al Kit Digital.

Y de unas preguntas relativamente sencillas hemos acabado hablando de APIs, bases de datos, PostgreSQL, modelos de datos, tablas de hechos, data warehouses y Power BI.

Es decir, aquello que empezó como «vamos a hacer unos informes un poco mejores» acabó conectándome otra vez con lo que hacía hace veintitrés años.

En aquella época participé con quien entonces era mi responsable en el diseño y desarrollo de un sistema de información pionero para un hospital de miles de trabajadores. Aquello requería meses de desarrollo.

Ahora puedo imaginar una arquitectura parecida —salvando todas las distancias entre un hospital y una micropyme como la nuestra— y plantearme construirla en una fracción ridícula de aquel tiempo.

Porque la base conceptual sigue siendo bastante parecida: sistema operacional, tratamiento y organización del dato y una capa de explotación que permita convertirlo en información útil.

La tecnología ha acelerado todo de una manera salvaje.

Aunque hay una cosa que no ha cambiado.

Si introduces basura, obtienes basura.

Puedes tener la mejor IA del mundo, pero si tus procesos están mal definidos, el dato se introduce mal, cada uno llama de una manera distinta a la misma cosa o no sabes exactamente qué quieres medir, la máquina tampoco hará milagros.

Eso, curiosamente, también se aprende.

A veces la uso como atajo

No quiero hacer aquí una oda incondicional a la inteligencia artificial.

Porque hay un peligro.

Hace poco tuvimos que enviar un correo importante relacionado con un aspecto de la empresa. No era simplemente describir una situación. Había también un componente estratégico importante en cómo debíamos explicársela al destinatario.

Mi primera reacción fue recurrir a la IA.

Y mi socio me hizo ver algo bastante razonable: llevábamos muchos años trabajando, habíamos vivido situaciones complejas y quizá estaba apoyándome demasiado en una herramienta cuando teníamos experiencia más que suficiente para redactar aquel correo nosotros mismos.

Tenía razón.

Lo redacté con mis palabras, lo revisamos entre los dos y lo enviamos.

Sin ningún problema.

Aquello me hizo pensar.

No creo que la IA esté atrofiando mis capacidades. Al menos intento que no ocurra.

Pero sí creo que a veces la utilizo como atajo cuando debería esforzarme primero por resolver determinadas cosas con mi propio criterio.

El objetivo no debería ser sustituir lo que sabes por lo que sabe una máquina.

Debería ser sumar lo que sabes tú a lo que puede aportar la máquina.

Experiencia humana más inteligencia artificial.

Bien utilizada, la combinación es potentísima.

No necesito ficción. Necesito acción

Supongo que también tiene que ver con mi carácter.

Antes leía mucho. Y no tengo absolutamente nada contra quien dedica parte de su tiempo libre a leer una novela detrás de otra.

Pero ahora mismo no es lo que me pide el cuerpo.

No necesito ficción. Necesito acción.

Cuando tengo una inquietud, necesito valorarla.

¿Me va a aportar algo emocionalmente?

¿Intelectualmente?

¿Profesionalmente?

¿Económicamente?

Si la respuesta compensa el tiempo que voy a dedicarle, intento meterme en ella.

Aprendo. Pruebo. Me adapto.

Siempre me gustó aquella campaña de BMW con Bruce Lee y su «Be water, my friend».

El agua se adapta al recipiente.

Quizá mi manera de entender el aprendizaje ahora tenga bastante que ver con eso.

No quiero tener cincuenta años y seguir trabajando exactamente de la misma manera simplemente porque es la manera en que siempre lo he hecho.

Pero no puedes aprenderlo todo

Y aquí aparece el otro gran problema.

La inteligencia artificial puede darte la sensación de que casi cualquier proyecto está a tu alcance.

Y eso es peligrosísimo para alguien curioso.

De repente quieres aprender sobre inteligencia artificial, mejorar el ERP de tu empresa, montar un sistema de BI, seguir desarrollando un cortometraje, optimizar ordenadores, mejorar una web, estudiar contabilidad mientras vas alimentando el libro diario que después habrá que legalizar en el Registro Mercantil, entender una normativa nueva y, ya que estamos, aprender inglés.

Todo a la vez.

Imposible.

Cada vez tengo más claro que hay que distinguir entre lo urgente, lo prioritario, lo importante y lo superfluo.

Aunque lo superfluo sea muy guay.

Tengo pendiente mejorar mi inglés desde hace años.

En el año 2000 hice alrededor de cuarenta unidades del BBC English. Libros, casetes y paciencia.

Ahora incluso había empezado a evaluar mi nivel para volver a estudiarlo seriamente.

Y lo he aparcado.

No porque haya dejado de querer hablar inglés. Me encantaría.

Pero intento preguntarme algo antes de meterme en un nuevo aprendizaje:

¿Esto me va a servir mañana, la semana que viene o dentro de un año?

En el caso del inglés, además, tengo la sensación de que la tecnología de traducción va a avanzar tanto que dentro de no demasiado tiempo quizá llevemos un dispositivo en la oreja y otro junto a la boca capaz de permitirnos conversar con bastante naturalidad en otro idioma.

Quién sabe.

A lo mejor incluso consigo hablar con ese acento de Massachusetts que tanto asocio a Matt Damon.

Hasta entonces, el inglés espera.

Hay otras cosas que ahora mismo me aportan más.

Aprender también consiste en saber qué no aprender todavía.

Aprender a los cincuenta y volver a sentirte principiante

Hay personas de mi edad que dicen que la tecnología no es para ellas.

Que ya no están para aprender determinadas cosas.

Que eso es cosa de jóvenes.

Lo respeto.

Normalmente intento convencerlas una o dos veces.

A la tercera, dejo de intentarlo.

Cada uno tiene derecho a decidir cómo quiere vivir y a qué quiere dedicar su tiempo, incluso cuando quienes le rodean escogerían algo completamente distinto.

Pero personalmente encuentro maravillosa la sensación de tener interiorizado el aprendizaje.

Casi «institucionalizado», como se decía en Cadena perpetua, aunque allí el término tuviera unas connotaciones bastante menos optimistas.

Surge algo que no sé.

Intento entenderlo.

Y si me interesa o me resulta útil, aprendo.

Quizá por eso todo esto me hace sentir profesionalmente más joven.

No porque tenga la energía que tenía con veinticinco años.

No la tengo.

Pero solemos relacionar la juventud con la capacidad de absorber cosas nuevas, evolucionar, adaptarse y seguir avanzando.

Y esa parte sí quiero conservarla.

El verdadero reto no es aprender más

Si pudiera hablar con aquel Mario de 2001 del que hablaba unas líneas atrás, probablemente alucinaría con muchas cosas.

Con que tenga mi propia empresa.

Con las herramientas que existen.

Con que algo que entonces podía exigir meses de desarrollo ahora pueda empezar a construirse en días.

Y probablemente alucinaría especialmente con poder mantener una conversación durante horas con una inteligencia artificial sobre prácticamente cualquier tema y salir de ella sabiendo más que cuando entré.

Pero creo que también me reconocería rápidamente.

Seguiría viendo al tipo que estudiaba informática, estadística e inglés mientras trabajaba con datos.

Con menos energía, sí.

Con bastantes más años encima también.

Pero con las mismas ganas de entender cómo funcionan las cosas.

Dentro de diez años tendré sesenta y uno.

Si sigo por aquí y mi cabeza no ha acabado metida en una de esas escafandras de Futurama, me gustaría mirar atrás y pensar que durante estos años seguí disfrutando de aprender.

Pero, sobre todo, que supe elegir bien qué aprender.

Que conseguí encontrar una medida razonable entre lo que me apasionaba, lo que necesitaba y lo verdaderamente importante en mi vida.

Porque al final el recurso escaso no es la información.

Ni siquiera el conocimiento.

Cada vez tenemos más de ambos al alcance de la mano.

El recurso escaso es el tiempo.

Y quizá el verdadero aprendizaje a estas alturas no consista en saber cada vez más cosas.

Quizá consista en aprender a escoger mejor a cuáles merece la pena dedicarles el tiempo que nos queda.

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